domingo, 12 de julio de 2015

MISION Y VOCACION

 
La Misión es un “envío” y el misionero, es un enviado. Tengo que haber sido enviado por alguien y para algo. Pero todo envío supone un llamado, una vocación. La vocación ser también una “convocatoria, ser llamado con otros. ¿Y quién nos envía? El que nos eligió, porque nos amó. Todos hemos sido elegidos por Dios que nos llamó a vivir, en una familia, en una comunidad. Nos destinó y nos predestinó. Nos dio un destino, es decir, una vocación porque nos llamó y nos convocó.
Nos eligió en Cristo. Cuando vio nuestra imagen al crearnos, vio el rostro de Cristo, su Hijo y por eso nos amó. Nos llamó a ser sus hijos. Nos creó a imagen de su Trinidad, nos convocó para ser comunidad, para darnos unos a otros en el amor. Como Él nos amó. Como el Padre ama su Hijo, y por eso es Padre. Como el Hijo ama al Padre. Y por eso es Hijo. Como el Espíritu que es “espirado” y por eso es amor.
Sería bueno, comenzar haciendo un discernimiento de espíritus. Cuando Jesús comienza a anunciar el Reino de Dios, comienza echando espíritus malos y sanando enfermos. Ese es el signo de que ha llegado el Reino de Dios. Jesús nos llamó a los cristianos, a ser misioneros. Nos dio una misión. Como la de Él, a anunciar el reino. Echar espíritus malos y sanar enfermos. Comencemos entonces haciendo un discernimiento de espíritus. Debemos reconocer en nosotros mismos y en nuestro ambiente los espíritus malos.
Cuando Jesús habla del espíritu malo, no necesariamente habla del demonio. El espíritu del mal, es el mal de mundo, las estructuras de pecado social y de injusticia que nosotros mismos creamos y que denuncia el Papa. Los espíritus malos que habitan en nosotros, espíritu de soberbia, de vanidad, de rencor y de ira, de envidia, de acedia o indiferencia por las cosas de Dios, la fornicación, la gula. Y reconocer nuestras enfermedades espirituales, como la tibieza, la indiferencia hacia el prójimo, sembrar cizaña, discusiones y peleas, la tristeza por las cosas de Dios y del prójimo, las obsesiones, el sentimiento de culpa, los escrúpulos. No le echemos siempre al demonio la culpa de todo. “El demonio, me tentó… El cornudo metió la cola” como si con eso nosotros pensáramos salvar nuestra responsabilidad. Somos responsables de nuestros actos voluntarios.
Finalmente, se discierne para decidir. Tenemos que decidirnos a llevar el reino de Dios a los demás. Esa es nuestra misión: Sanar y consolar.

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