Muchas veces repetimos la definición de Aristóteles. “el hombre es un animal racional”. Aquí, es inevitable que alguien picarescamente añada “algunos son más animales, que racionales”. Pero chistes aparte, que sea animal, significa que está “animado” por un alma que es el principio de la vida y además por instintos, sentimientos, afectos, emociones, conciencia, inteligencia y voluntad. Es decir, tiene una parte instintivo-biológica, una parte afectiva y una parte espiritual que es racional y libre. Pero hay mucho más. El hombre es un ser en relación, un ser social sobre el que influyen de manera determinante la cultura y los fenómenos sociales. Con su cuerpo y su vida sensitiva, es parte del universo, cosa que destaca muy bien, hoy, la ecología. Todo esto, no está dentro del hombre en algún lugar del cuerpo, como si fueran sus órganos vitales, (corazón, aparto digestivo etc.) Todo esto, “es” el hombre.
Para muchos médicos materialistas, todo está en el cuerpo humano, en su cerebro y sistema nervioso. Los recuerdos, en el hipotálamo, la inteligencia, reside en el cerebro, que es más poderoso que el de otros animales, las emociones, son vibraciones de determinadas células cerebrales y cada órgano tiene su función específica. Alma, espíritu y todo lo demás, son mitos o símbolos, incluso las historias de la Biblia. No se niega la existencia de Dios, simplemente no lo podemos conocer científicamente. Lo que no es científico, es lo que no podemos medir estadísticamente o mediante los instrumentos de que disponemos. Todo ello es literatura o mitos y símbolos. Eso es la religión. El origen del hombre está en una cadena evolutiva y de su fin y destino, no conocemos nada más de lo que vemos cuando cesa la vida en el tronco encéfalo raquídeo.
También el hombre de fe, sabe que no puede comprobar “científicamente” todo lo que es el mundo espiritual, pero también sabe que todo lo que cree por fe, no es mitológico, sino real aunque no sea material. Los instrumentos científicos no son aptos para medir los fenómenos espirituales, de los que somos conscientes porque tenemos experiencia de ellos, aunque no se puedan medir con un termómetro. Existen en nosotros el bien y el mal y la libertad para decidirnos por ellos y seguir una orientación, no sujeta a estadísticas. Es cierto que a veces usamos símbolos para describir estos fenómenos, porque no lo podemos hacer de otra manera. Por ejemplo cuando usamos la palabra “corazón”, no nos referimos al músculo cardíaco. Hay otra cosa, que explica el libro del Eclesiástico (17, 1-14) cuando dice “De la tierra sacó Dios al hombre y de nuevo lo hace volver a ella. Le dio días contados y poder sobre las cosas de la tierra. A su imagen lo hizo, boca, lengua, ojos, oídos le dió y un corazón para pensar”.
Como dice Jesús, lo que mancha al hombre no es lo que entra por su boca, sino lo que sale de su corazón. En el corazón están los asesinatos, la violencia, los adulterio, pero también los dones del Espíritu Santo, las virtudes, la fe, la alegría, la paz, el bien que hace a los demás cuando se libera de todas las inmundicias y decide ayudar a los huérfanos a las viudas en su tribulación y mantenerse incontaminado del mundo. Estos son los mandamientos del amor que puso Dios en el corazón del hombre (su conciencia), que son los grandes valores que hoy están faltando a nuestra sociedad materialista, secularizada y consumist
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