Convengamos en que si creemos que Dios es nuestro creador y el creador del mundo, puede darnos de comer incluso multiplicando el pan. Pero aparentemente Jesús no es esto lo que quiere enseñarnos, por el contrario cuando lo quieren hacer rey para que les de la comida gratis, él desaparece. Por lo visto ya existía el clientelismo y había muchos que querían un gobierno que los mantuviera.
Lo que nos quiere enseñar es a compartir el pan. Si un niño tenía cinco panes y dos pescados, lo cual es mucho para el chico sólo, quiere decir que él tenía para compartir. Además si un niño había llevado su vianda, es muy probable que muchos otros también la hubieran llevado. Podían compartir. El milagro no está en multiplicar el pan, eso no sería ninguna novedad de parte de Dios para nuestra enseñanza. El milagro, la buena noticia, está en la conversión del corazón que nos lleva compartir nuestra comida y nuestra vida. Eso es comunión, unidad, amistad.
Comunión no es sólo comulgar con una hostia consagrada, sino estar en comunión con el prójimo. Si yo no estoy en comunión con mi prójimo, no puedo comulgar con la hostia consagrada, que es el signo de unidad y el vínculo de caridad, como decían los Padres de la Iglesia.
Cuando yo invito a alguien a comer a mi casa, lo invito a entrar en mi intimidad y en la comunión. No invitaría a un enemigo, sino a un amigo. Tampoco invito a un amigo cualquiera, sino a un amigo íntimo. Jesús nos invita a ser amigos íntimos, porque nos invita a su comida. Pero para ser amigos de Jesús, debemos ser amigos entre nosotros.
El otro día escuchaba por radio Continental, a una mujer de una ONG, que se explicaba que una de sus prácticas, era recibir a cualquier persona que llegar, con un gran abrazo, sobre todo si eran desconocidos. Que toda persona desconocida para mí, pueda entrar en mi casa y ser abrazada por mí.
Yo pensaba que en la Eucaristía, que es el signo de unidad y vínculo de caridad, nosotros nos abrazamos en la Misa, antes de comulgar como signo de amistad. El problema está en que nunca abrazamos a un desconocido (a lo más, un tímido saludo con la mano), sino que abrazamos a todos los conocidos y parientes, aunque tengamos que recorrer toda la iglesia. Creo que ese no es el gesto de la paz, ni de la comunión. La paz, no es un saludo social, uno un saludo de comunión.
En este mes meditaremos muchas veces en la comunión del Cuerpo de Cristo. Los invito a comenzar leyendo todo el capítulo 6º del Evangelio de San Juan y a vivirlo realmente.
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