domingo, 16 de agosto de 2015
PAN DE RESURRECCION
Algunos filósofos existencialistas, especialmente ateos, pensaron que el hombre está arrojado en el mundo, en esta vida, que sufre soledad y angustia y que es un ser para la muerte. La muerte, junto con el sufrimiento y la culpa, es uno de los tres problemas, que el hombre no puede manejar solo, sin ayuda de Dios. Así se sentía el profeta Elías, cuando se acostó sin fuerzas para caminar y sin pan para vivir, queriendo morir. Así se sentía un muchacho que vino a hablarme, después de un intento de suicidio del que la policía y los médicos lo habían sacado, sintiéndose desesperado y abandonado de todos, mujer, hijos, trabajo, empresa, amigos y hasta Dios.
Jesús no nos da una certeza clara sobre la muerte, pero en cambio nos habla inesperadamente de la vida, de la vida eterna, de la resurrección. No de la resurrección de Él, sino de la nuestra. La certeza de que vamos a resucitar. Vamos hacia la vida eterna y Él es el pan con el que lo lograremos. Los antiguos judíos resistieron el camino en el desierto, alimentándose con el maná. Pero finalmente murieron. La fe en Jesús es el Pan que nos da fuerzas para caminar y llegar a la vida eterna y a la resurrección. Estoy seguro de que muchos cristianos no piensan ni creen en la resurrección. Incluso muchos, creen más bien en la reencarnación, al modo budista.
“Seremos transformados”, dice San Pablo. Y explica que la diferencia entre lo que somos y lo que llegaremos a ser, podría ser comparable, a la que existe entre una semilla y un árbol grandote y lozano. No estaría mal, leer y profundizar el capítulo 15 de la primera carta a los Corintios. Nos llevaríamos más de una sorpresa. “Creo en la resurrección de los muertos y en la vida eterna”. Tendríamos que encontrarle un sentido nuevo para nosotros, a estas dos afirmaciones de nuestra fe.
El Padre nos llevará a Jesús que da sentido a nuestra vida. Todos seremos enseñados por el Divino Maestro. Entre tanto para vivir en Él y Él en nosotros, tenemos que comer su carne y beber su sangre. Ése es el alimento de la resurrección o vida eterna. Cuando comemos pan o cualquier alimento, nosotros lo transformamos en nuestra substancia. Pero cuando lo comemos a Él, Él nos trasforma a nosotros, en Él mismo. ¿Qué comemos? ¿Cómo comemos a Jesús? ¿Cómo llegamos a ser nosotros, Jesús? Él con su Cuerpo sufrió y murió. Comerlo es encontrar el sentido del sufrimiento y de la muerte y superar la culpa. No es que debamos estar buscando sufrimientos y muerte en nuestro cuerpo o alma, pero sí aceptarlos cuando vienen sin avisar, que a veces cuesta más.
Otra forma de comer su Cuerpo, es la comunidad. Su cuerpo es la Iglesia, somos nosotros en comunidad. Comerlo es alimentarnos con el amor al prójimo y con el amor del prójimo, con el don y el perdón al y del otro. No estamos solos, arrojados en este mundo, tirados para morir. Somos seres en relación, primero con Dios en Jesús, por medio del Espíritu Santo. Y en relación “yo-tú-nosotros”, con el prójimo que es mi otro yo, es Jesús, del que me alimento.
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