lunes, 16 de marzo de 2015

LA ALEGRIA DE SABER QUE DIOS NOS AMA (Reflexiones para el Cuarto Domingo de Cuaresma)


Tradicionalmente, antes de comenzar el tiempo de Pasión y la semana santa, nos tomamos un domingo para vivir la alegría de saber que hemos sido salvados por el amor de Dios. Ante todo debemos comprender que la alegría no se opone al dolor, sino a la tristeza. No se puede estar triste y alegre a la vez. Pero sí se puede estar alegre aun en medio del dolor. Jesús lo demuestra. Moisés elevó una serpiente como símbolo de curación para los que eran mordidos por el veneno. Del mismo modo Jesús al ser elevado en la Cruz, nos trae la salvación. Según Jesús el dolor es una elevación para el hombre de fe. Es un camino de purificación un camino hacia arriba, aunque no veamos por donde va el camino. Para San Juan de la Cruz, en la Subida al Monte Carmelo, a determinada altura, se terminan las sendas y dice “desde aquí no hay camino”, hay que subir como se pueda. Es la alegría, de sabernos hijos de Dios y que él vela por nosotros y nos conduce.
Lo que sigue en el Evangelio de San Juan, es una síntesis del Evangelio entero. Aunque se perdiera todo el Evangelio, si sólo quedaran estas palabras, sabríamos quien es Dios y qué hizo Jesús por nosotros y qué debemos hacer para salvarnos. Dice: “Dios amó tanto al mundo que le dio a su Hijo para salvarlo. Jesús no vino a condenar a nadie, sino a salvar al mundo. El que cree se salva. El que no cree ya está condenado. Dios no lo condena. Ya está condenado porque no acepta su salvador”.
Jesús solamente salva. No condena. Para condenar, no necesitaba haber nacido, predicado, haber hecho milagros y gestos salvadores, habernos dado su Cuerpo y haber muerto en la Cruz. Jesús muere por amor. No muere sacrificado por el Padre en un juicio de “justicia sustitutiva”. Como “chivo expiatorio”, que se ofrece a la Justicia eterna en reparación de la ofensa infinita. No es un tema de Justicia, sino de amor. “Tanto amó Dios al mundo”… Jesús muere por amor nuestro. “Entregó a su Hijo al mundo para que el mundo se salve”… La muerte de Jesús, el Hijo de Dios, es la medida del amor del Padre. Un amor infinito.
¿Pero entonces, nadie se condena? Lo que nosotros sabemos, porque lo dice Jesús, es que “el que se condena, es porque ha rechazado la fe. El que tiene fe no será condenado”. La condenación es rechazar al Salvador. ¿Hay peor condenación? San Pablo dice que la Gracia, salva por la fe, no por las obras. De la misma manera, el rechazo de Jesús, condena por falta de fe en el Salvador, no por las obras. El pecado que lleva a la muerte, es la falta de fe. Las obras sin fe, pero también la “fe sin obras”, como alguien que dijera que tiene fe, pero no la practica, o no ama.
Para entender bien esto, sin equivocarnos, hay que prestar atención a la causa de la condenación, que pone el Evangelio de San Juan explicándolo con la parábola de la luz y las tinieblas. La clave de la explicación está en verbo “PREFERIR”. Preferir, significa “anteponer” voluntariamente. Cualquier cosa que pongamos antes que el amor de Dios, es una OPCIÓN FUNDAMENTAL, de PREFERENCIA, QUE HACEMOS VOLUNTARIAMENTE PREFIERIÉNDOLA AL AMOR DE Dios. Los hombres “prefirieron las tinieblas a laluz, porque sus obras eran malas. El que ama el mal, rechaza la luz, y prefiere las tinieblas, para que su mal no sea visto. El hombre que no cree o el que “cree” sólo de palabra. Ama más las tinieblas y oculta sus obras, porque no ama a Jesús que murió por amor para salvarnos.

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