Podríamos comenzar diciendo, que este Evangelio es la narración que hace San Juan de la Transfiguración de Jesús. Es distinta de la que hace San Marcos, pero también muy significativa. No hay aquí, montaña. ni tres discípulos íntimos, ni blancura de los vestidos, ni nube luminosa. Pero sí, hay unos paganos que quieren conocer a Jesús y la Voz que suena como un trueno para glorificar al Hijo. La gloria de Cristo, sólo se entiende en el contexto histórico que estamos viviendo. Es el Domingo de Pasión, nos preparamos y para celebrar la muerte y resurrección de Jesús en Semana Santa. Jesús pone su gloria en padecer y morir por nosotros y nos invita a que lo sigamos hasta el Calvario y después también. Pero nos promete que el Padre nos dará el premio.
Les pido que meditemos sobre tres palabras que pronuncia Jesús en este Evangelio y que son tres palabras que en realidad se vienen repitiendo y atraviesan todo el Evangelio de San Juan. La primera es LA “HORA”: ya en las Bodas de Caná, cuando María pide un milagro, Jesús dice “no ha llegado mi hora”. A menudo repite, “cuando llegue mi hora”… Y aquí finalmente dice “ha llegado la Hora de que el Hijo de Hombre sea glorificado”. ¿De qué hora y de qué gloria está´ hablando? De la hora de padecer y morir. Morir por nosotros, aunque le cueste sangre, aunque humanamente quisiera apartarla, esa hora es su GLORIA, para eso ha venido.
La segunda palabra, es la palabra ELEVACIÓN. Aquí pensamos en la elevación al trono de un rey. Cristo Rey, es elevado a su trono que es la Cruz. Él había dicho: “cuando sea elevado en alto atraeré a todos hacia Mí”. Elevado en alto, en la Cruz. Los brazos abiertos para abrazarnos a todos y crucificados para no cerrarlos ni bajarlos nunca. Así está Jesús en su trono y en su gloria. Cristo el rey en la Cruz, reúne a todos los pueblo en su Reino.
La tercera palabra es la palabra “JUICIO”. El rey elevado a su trono de gloria en el sufrimiento de la Cruz, procede a celebrar un juicio. Va a juzgar a todos. Pero Jesús había dicho que el Padre ama tanto al mundo que manda a su Hijo para salvar al mundo. El Hijo no juzga a nadie sino que salva. El que no tiene fe, ya está juzgado. El que es juzgado es el príncipe de este mundo, está juzgado y condenado por el Rey del mundo. El demonio, el príncipe de este mundo. Juzgado es el mal del mundo. Con su pasión. muerte y resurrección, Jesús juzga y condena el pecado del mundo, y la muerte. Jesús vence al mal. Todos los males serán destruidos y se acabarán en el Reino de Dios.
No tengamos miedo al juicio. El Juicio de Cristo es nuestra liberación. Hay cristianos que viven su religión, como un peso. Otros la viven con culpa. Jesús no condena a nadie. Sólo se condena el que no tiene fe, es decir el que no acepta al Salvador que da su vida para salvarnos. La fe se muestra en las obras. Aparemos hoy, de nuestro corazón todas las obras del mal del mundo. Cada uno de nosotros tiene un pequeño mal al que adhiere en su corazón. Debemos descubrirlo y apartarlo en este juicio de la pasión gloriosa de Jesús. Terminemos esta cuaresma, antes de Semana Santa, con una buena confesión y reconciliación con Dos y con Jesús que nos espera con sus brazos abiertos y crucificados, para recibirnos en su Reino de Paz y de amor.
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