lunes, 1 de junio de 2015

LA TRINIDAD COMO HISTORIA

Nadie puede mirar el sol de frente sin tener que cerrar enseguida los ojos o apartar la mirada. Pero nadie puede ver ninguna cosa, que no está iluminada por el sol.
Lo mismo pasa con Dios. No lo podemos mirar a la cara para tratar de entenderlo. Pero no podemos entender nada, que no está iluminado por Él.
Esto vale para este domingo de la Trinidad, si queremos entender por qué la Trinidad es nuestro Dios, el que ilumina nuestra vida.
Como no lo podemos entender a Dios directamente, muchas veces nos sirven los símbolos. A mí me gusta un símbolo, que aparece en el Evangelio de San Juan y también en los escritos de los santos, por ejemplo en Las Moradas de Santa Teresa. Es el símbolo de la Casa, Dios es nuestra casa. Nadie puede vivir, sin tener una casa, al menos como punto de referencia y orientación. Dicen los judíos que toda nuestra vida, es un volver a Casa. En una novela del danés Jorgensen, se lee que el hombre moderno se parece a aquel que había salido de su casa y perdió la llave. Ya no podía volver a ella. Qué tragedia, quedar sin casa, sin un lugar en el mundo.
Nosotros al nacer perdimos el paraíso terrenal, nuestra seguridad y fuimos arrojados al mundo. Estamos arrojados en este mundo donde somos un “ser-para-la-muerte” (dicen los filósofos existencialistas, y queremos volver a Casa. Como el hijo pródigo, nuestra casa es el abrazo el Padre. “En la Casa de mi Padre hoy muchas habitaciones. Voy a prepararles un lugar, para que donde Yo estoy, estén también Uds., dice el Señor.
Pero esta Casa no está vacía, está el Padre y también el Hijo que procede del Padre, porque es aquel a quien Dios ama y está también el Espíritu Santo, que procede de los dos, porque es el amor del Padre y del Hijo. Dios es Familia!.
El Espíritu, se une a nuestro espíritu, porque Dios nos ama y nos hace hijos suyos. Lo podemos llamar Abbá Padre. Ahora entendemos cual es nuestro camino en el mundo, en esta vida. Fuimos arrojados a esta vida en el mundo, pero no estamos abandonados. Él está con nosotros todos los días de nuestra vida hasta el fin el mundo.
Ahora entenderemos el dinamismo de la Trinidad en la historia y en nuestra historia. Dios mandó al Hijo para salvarnos y el Hijo nos comunicó su Espíritu. Ahora debemos desandar el camino, hacia Dios. El Espíritu nos conduce al Hijo y el Hijo al Padre.
No miremos al Sol, porque no podremos entender a Dios. Mirémonos a nosotros mismos y en nosotros lo descubriremos a Él.

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