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El Papa visita un continente africano de contrastes, entre el desvelo y las oraciones por la seguridad en Kenia, Uganda y República Centroafricana, las estaciones de un viaje de seis jornadas con el mayor riesgo de atentado al que ha tenido que hacer frente en su pontificado.
Nunca, un Papa ha visitado una zona de guerra, como hará Francisco el domingo en la República Centroafricana, con unas milicias yihadistas muy activas y el mundo en alerta por los últimos atentados islamistas en París, Líbano, Ankara y Túnez.
África es la viña más fértil del catolicismo. El continente de la esperanza, como lo llamó Juan Pablo II –un africano más: lo visitó en 42 ocasiones–, tiene más 200 millones de católicos. Su número es tres veces mayor que hace 30 años, y sigue creciendo a un ritmo muy superior al de los musulmanes y los cristianos de las iglesias protestantes.
Te he escogido dos gráficos sobre la población católica en África; los tienes en la sección De un vistazo, más abajo.
Al Santo Padre lo recibe una Iglesia joven y viva, muy diferente a la fatigada barca de Pedro en Europa. Se espera a dos millones de personas en la Eucaristía al aire libre del próximo sábado, en Kampala, junto al santuario de Namugongo, que recuerda a 22 mártires misioneros de finales del XIX, canonizados por Pablo VI hace cincuenta años.
En África, el pueblo cristiano forma comunidades emprendedoras, alegres, valientes, volcadas con los más necesitados. La Iglesia Católica provee educación y cuidados médicos. En Kenia, el 25% de las escuelas son católicas y en Uganda, hasta hace 15 años, todas lo eran. Instituciones de la Iglesia llevan infraestructuras de agua y saneamiento a zonas rurales a las que no llegan los gobiernos.
Es también una Iglesia resistente en cuestiones de principios. Ninguna otra institución regional está denunciando con un discurso tan vigoroso y audaz la agresiva diplomacia de la ONU y de las potencias globales para imponer la ideología de género y el control de la natalidad mediante el aborto y el uso generalizado de anticonceptivos.
El Vaticano mantiene todos los actos del programa en Bangui, la capital centroafricana, incluidas dos eucaristías, la apertura de la puerta santa de la catedral y un encuentro con líderes musulmanes en el peligroso distrito PK5, controlado por los yihadistas.
“Tengo más miedo de la picadura de mosquito”, dijo con buen humor Francisco a los periodistas en el avión rumbo a Nairobi.
Hay detrás de esas palabras un testimonio de entrega, como sin darle importancia, que es radicalmente evangélico y que, probablemente, no se entienda en las sociedades secularizadas que han renunciado a vivir la trascendencia, esa “presencia real” del sentido de la que habla George Steiner.
Mientras París se fortifica en estos días para recibir a los gobernantes del mundo en la cumbre del clima, o, en España, actores, activistas y políticos pontifican sobre la paz a miles de kilómetros de la guerra, el Papa, sencillamente, va a encontrarse con millones de personas a las que confortará su presencia. Sufren guerras civiles y terrorismo, pobreza, enfermedades, desplazamientos forzosos, persecución y martirio por causa de su fe. En medio de este corazón de las tinieblas digno de Conrad, son capaces de experimentar la “presencia real” de Cristo y lo celebran con una alegría y una vitalidad que en Europa parecen marcianas.
Es por este milagro, seguramente, y no por temeridad, por lo que el Santo Padre va a África de buen humor y despreocupado de su propia vida, mientras en algunas capitales europeas, el Estado nos pide que, por nuestro bien, ni siquiera salgamos de casa.– V. Gago
[Con información de Actuall, Crux, The Wall Street Journal, Aceprensa, News.va y La Vanguardia]
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