NUESTROS DESEOS
El tiempo de esperanza que comenzamos con este adviento, nos ayuda a examinar y comprender mejor nuestros pequeños deseos de todos los días. ¿Qué diferencia hay entre esperanza y deseo? Ya Santo Tomás decía que la esperanza es una pasión ardua y se da con respecto a bienes difíciles y arduos. El deseo en cambio es el amor de cosas pequeñas y simples o deleitables, si bien no es nada despreciable. Nuestra vida está hecha de cosas grandes que esperamos con toda el alma y también de muchas otras pequeñas, que son loas de todos los días, que nos satisfacen y que deseamos conseguir. La esperanza de ver Dios, es la esperanza más grande que podemos tener y por eso necesitamos una virtud teologal como ayuda del Espíritu Santo. Pero es cierto que también necesitamos experiencias de Dios, que aunque sean pequeñas o cotidianas, nos vayan alimentando aquí en el día a día.
¿Por qué muchos hoy cuando quieren tener una experiencia de Dios acuden al budismo? ¿Será porque muchos cristianos ignoran la enorme tradición espiritual y mística cristiana? Bastaría citar a San Agustín, San Juan de la Cruz y Santa Teresa que son más cercanos y accesibles a nuestra cultura. Y también tantos otros. ¿Será que los mismos sacerdotes y teólogos o catequistas, están olvidados de esta experiencia mística? Ciertamente muchos cristianos y también consagrados, piensan que estas cosas son extraordinarias y no son para todos y por eso no se preocupan de cultivarlas y enseñarlas.
Comencemos por dos cosas pequeñas: primero examinar nuestros deseos, todos los más puros y los menos y tratar de purificarlos todos, también los deseos lícitos de cosas deleitables o necesarias. Segundo, dedicar unos minutos a cerrar los ojos en posición de descanso, respirar profundamente, tratar de imaginarlo a Jesús o al Padre y luego “hablarle”, como amigo y Padre. No simplemente a pedirle. A hablarle. Después, si hay alguna resonancia de esto, podemos hablar más. Feliz Advenido y experiencia de Dios.
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