viernes, 1 de enero de 2016

Y EL VERBO SE HIZO CARNE

Y EL VERBO SE HIZO CARNE
“Se hizo carne” y “habitó entre nosotros”. Vamos a reflexionar sobre dos aspectos de ese misterio de la Navidad. El Verbo se hizo carne. Tomó un cuerpo, para estar con nosotros, para hablar y enseñar, para anunciar el Reino de Dios e invitar a la conversión. Habló. Compendió, rió, lloró con los niños y enfermos, lloró sobre Jerusalén. También gozó con los novios en las bodas de Caná y quiso que sus discípulos, se alegraran mientras el novio estaba con ellos. Comió y tomó vino, supo ser amigo y querer a los suyos. Amó a su Madre y a José. Fue un verdadero hombre, en cuerpo y alma. También sufrió, se sintió solo y abandonado, trabajó y sudó sangre. 
Dios, su Padre no quería víctimas y holocaustos. Estaba harto de la sangre de chivos y toros. Y amó tanto al mundo que le envió a su hijo, para perdonar los pecados. Debemos dejar de lado y olvidarnos de la teología legalista que nos han inculcado, del juicio, la víctima, el sacrificio y la satisfacción vicaria. No sigamos diciendo que como el hombre cometió una ofensa infinita a Dios, debía morir y sólo la muerte y el sacrificio del Hijo de Dios, podía lavar la ofensa. No decimos que esto no sea cierto, pero es un lenguaje no propio del Dios misericordioso, ni del Evangelio del amor. Se insistió en forma tal vez unilateral, en que Cristo sufrió la Cruz y la muerte para borrar los pecados con su sangre. Esto podría parecer más propio de Moloc, el dios sanguinario que sólo se satisface devorando a sus hijos. Recordemos las pinturas negras de Goya. No es tanto que Jesús haya sufrido para “pagar la deuda del juicio”, sino que sufrió y murió “por amor nuestro”. 
Pero ahora viene el segundo aspecto del misterio navideño. No vino sólo a sufrir para perdonar nuestros pecados, sino para que el hombre se hiciera UNO con Dios. “Habitó entre nosotros”. Hay un texto de los antiguos Padres, como San Atanasio de Alejandría, que recuerda también el Catecismo de la Iglesia y que dice que “Jesús se hizo hombre para que el hombre se haga Dios. Por supuesto que esto para la mayoría de nosotros tiene sólo un significado simbólico o poético. Pero es una realidad, como enseña el Evangelio de San Juan y las Cartas de Pablo. “Iremos a él y habitaremos en él”, no significa sólo algo espiritualista y volado, sino que la Trinidad con toda su fuerza infinita está en nosotros, no sólo como una hostia consagrada en un sagrario, sino como Cristo vivo y operante, con el Padre y su Espíritu. “Nos eligió como hijos adoptivos, para ser personas en Cristo, que es nuestra Cabeza y nosotros su Cuerpo”. Es extraño que todo esto no haya sido condenado nunca por la Inquisición, por ser “panteísmo”. Todos comprenden que no es así. 
Sin embargo grandes místicos, como el maestro Eckart y Tauler, fueron condenados como panteístas. San Juan de la Cruz se libró de ser excomulgado, porque se murió antes y Santa Teresa, no fue condenada por la Inquisición, porque consideraron que “por ser mujer, no debía entender bien lo que escribía”, pero el Libro de la Vida, nunca le fue devuelto por la Inquisición y sólo fue publicado después de su muerte. Todo esto indica que la teología mística, no se pudo desarrollar bien entre los católicos. Y aun hoy, por temor a la nueva era y al budismo zen, dejamos en la sombra la riqueza inmensa de la mística cristiana, mientras muchos buscan experiencias místicas en otras sectas. Seguimos dando más importancia a la filosofía aristotélico-tomista que a la Biblia y a la tradición judeo-cristiana. Por temor al “panteísmo”, hemos dejado morir, la contemplación del UNO, la unidad mística del hombre con Dios, pero preferimos creer en el “primer motor inmóvil” de Aristóteles, para no parecernos a Plotino y al neoplatonismo. Pero nos olvidamos de “El Señor de la Historia” de la Biblia, amigo incluso de la evolución universal, a partir de su plan providente y misericordioso. La teología doctrinal, da importancia sólo a lo que se sabe. La Teología mística, es la reflexión de lo que se vive y de la experiencia de Dios. Una Teología meramente doctrinal y dogmatista, aunque sea ortodoxa y verdadera doctrinalmente, no debería ser para nosotros más importante que la teología mística que viene de la experiencia del Dios vivo de la biblia, que se hizo carne para habitar con nosotros.

No hay comentarios:

Publicar un comentario