domingo, 29 de marzo de 2015

ORACION - CONTEMPLACION SOBRE LA PASION DE JESUS, EN EL DOMINGO DE RAMOS


1.- Lo primero será leer la Pasión: Mc 14,1 - 15,47. Detenerse en los pasajes que más nos gusten. Leer con calma. Y repetir algunos versículos que nos conmuevan, hasta que queden bien incorporados.
2.- El segundo paso, será la ORACIÓN: Dejar que el SILENCIO se adueñe de nosotros. Silencio exterior (de ruidos) e interior (de pensamientos y recuerdos). Contemplar con la imaginación, alguna escena que más nos haya impresionado y luego comenzar a hablar como oración. Hablar con Jesús, con los personajes de la escena.
3.- El último paso será la CONTEMPLACIÓN: más que mirar o ver, es quedarse quietos, en silencio y recogimiento, gozando la paz y el amor que el Señor nos dé. Al final pedirle una palabra y sacar alguna conclusión o propósito.

PARA EL DOMINGO DE RAMOS

Este domingo no hay reflexiones. Tenemos la LECTURA DE LA PASIÓN SEGÚN SAN MARCOS.
Por tanto les propongo en lugar de homilía, hacer una ORACIÓN- CONTEMPLACIÓN.

viernes, 27 de marzo de 2015

NUESTRO CAMINO PENITENCIAL PARA PREPARAR LA CONFESION PASCUAL


Inspirado en “El evangelizador en San Lucas”, del Cardenal Carlo María Martini
“Hay algunos para los cuales la Penitencia entendida a la antigua, como una confesión breve y frecuente, sigue siendo válida. Pero a veces hay otros, que encuentran mucho más difícil la práctica de la confesión regular: la encuentran fatigosa, formal, poco útil, poco estimulante. Habiendo experimentado yo mismo, este tipo de fatiga, me ha ayudado: hacer un coloquio penitencial, cada entre dos y cuatro meses. ¿Qué entiendo por coloquio personal penitencial?. Entiendo un diálogo con una persona, un sacerdote, en el que trato de vivir el momento de la reconciliación, de una manera que sea más amplia, de lo que es una confesión breve que sencillamente enumera faltas, como una lista de supermercado.
Se puede comenzar el coloquio con una lectura bíblica o un salmo, o una oración espontánea, que lo coloca a uno inmediatamente en una atmósfera de verdad. Sigue el triple momento, que llamo: la triple confesión: CONFESIÓN DE ALABANZA; CONFESIÓN DE LA VIDA; CONFESIÓN DE LA FE.
CONFESIÓN DE ALABANZA:
Repite la experiencia de Pedro: Señor aléjate de mí, que soy un pecador”. “¿A quién iremos, Tú sólo tienes palabras de vida eterna”. Pedro ante todo experimenta que el Señor es grande y lo ha llenado de dones inesperados.
Cofesión de alabanza, es comenzar este coloquio penitencial contestando a esta pregunta: “¿desde la última confesión, de qué tengo que dar más gracias a Dios? ¿En qué he sentido su ayuda y su presencia?” Comenzar con esta expresión de agradecimiento y alabanza, coloca nuestra vida en el justo cuadro.
CONFSIÓN D LA VIDA:
Más que confesarse según los diez mandamientos, o según otro esquema, esta confesión de la vida, sugiere esta pregunta:” ¿a partir de la última confesión qué ha sucedido que delante de Dios, quisiera que no hubiera sucedido? ¿Qué me pasó, que no me gusta o me causó fastidio o arrepentimineto?”. Entonces, más que preocuparse de hacer una lista de pecados –que también se puede hacer cuando hay cosas graves y puntuales - se trata de ver las situaciones que hemos vivido y que nos pesan, que quisiéramos que no existieran y que por eso precisamente ponemos ante Dios, para que nos quite de encima ese peso, para que nos purifique.
Por ejemplo, vivir cierta antipatía sin lograr liberarnos de ella y no saber exactamente si hubo culpa o no, en algo que pesa sobre nuestro ánimo; o también qué otros defectos, tenemos, que resultan una raíz de fondo. En síntesis:
nos colocamos a la luz de nosotros mismos, como nos sentimos: ¿qué quisiera que no hubiera sucedido? ¿qué me pesa ahora particularmente delante de Dios? ¿qué quiero que Dios cambie en mí?
Pedimos ser liberados por la potencia de Dios; no buscamos leyes o preceptos moralísticos o pesadas autoexigenias.
Confesión de fe:
Es la preparación inmediata para recibir el perdón. Es la proclamación ante Dios: "Señor yo conozco mi debilidad, pero sé que Tú eres más fuerte. Creo en tu poder sobre mi vida, creo en tu capacidad para salvarme así como soy ahora. Te confío mi pecaminosidad, arriesgándolo todo, la pongo en tus manos y ya o temo más nada".
Es decir, es necesario tratar de vivir la experiencia de salvación, como experiencia de confianza, de alegría, como el momento en que Dios entra en nuestra vida y nos da la Buena Noticia: “vete en paz, Yo me he encargado de tus pecados, de tu pecaminosidad, de tu peso, de tu fatiga, de tu poca fe, de tus sufrimientos interiores, de tus tormentos. Los he tomado todos sobre Mí, he cargado con ellos para que tú quedes libre”.
Este modo de hacer este coloquio, puede ayudarnos mucho más y la impresión que sacamos es quererlo repetir con gusto porque salimos un poco distintos y nos ha hecho mucho bien.
En la confesión debemos ver también lo positivo, no solo lo negativo: ¿qué hemos podido hacer de bueno, con la ayuda de Dios? (la práctica de las virtudes y propósitos anteriores). ¿ Ud. no tiene algo en su vida de lo que quiera agradecer a Dios? Es una pregunta que pone ya el coloquio, sobre un aplano diverso, no sólo formal. Es ya entrar en la vida de esa persona.
Tratemos pues de ayudarnos juntos a vivir este momento penitencial, al que Jesús trata de llevar a Pedro, desde el comienzo de su llamada. Pidámosle al Señor que nos ayude a nosotros como a Pedro, a comprender qué es lo que desea que hagamos, todo lo que nos promete y todo lo que nos da.
***
Los invito a concluir con una oración de amor y contrición, para que el Señor nos haga comprender la necesidad que tenemos de Él:
“Dios y Padre nuestro, que por Jesucristo, tu Hijo muerto y resucitado, dador del Espíritu de vida que está en medio de nosotros, nos ha llamado a formar esta comunidad: infunde en nosotros el espíritu de penitencia, el espíritu de reconciliación, para que por medio de él crezca nuestra mutua confianza y podamos reconocernos como hermanos tuyos, salvados todos por la sangre de tu muerte y por tu resurrección. Te lo pedimos por Jesucristo nuestro Señor. Amén”.

LA HORA DE LA GLORIA Reflexiones para el Domingo de Pasion


Podríamos comenzar diciendo, que este Evangelio es la narración que hace San Juan de la Transfiguración de Jesús. Es distinta de la que hace San Marcos, pero también muy significativa. No hay aquí, montaña. ni tres discípulos íntimos, ni blancura de los vestidos, ni nube luminosa. Pero sí, hay unos paganos que quieren conocer a Jesús y la Voz que suena como un trueno para glorificar al Hijo. La gloria de Cristo, sólo se entiende en el contexto histórico que estamos viviendo. Es el Domingo de Pasión, nos preparamos y para celebrar la muerte y resurrección de Jesús en Semana Santa. Jesús pone su gloria en padecer y morir por nosotros y nos invita a que lo sigamos hasta el Calvario y después también. Pero nos promete que el Padre nos dará el premio.
Les pido que meditemos sobre tres palabras que pronuncia Jesús en este Evangelio y que son tres palabras que en realidad se vienen repitiendo y atraviesan todo el Evangelio de San Juan. La primera es LA “HORA”: ya en las Bodas de Caná, cuando María pide un milagro, Jesús dice “no ha llegado mi hora”. A menudo repite, “cuando llegue mi hora”… Y aquí finalmente dice “ha llegado la Hora de que el Hijo de Hombre sea glorificado”. ¿De qué hora y de qué gloria está´ hablando? De la hora de padecer y morir. Morir por nosotros, aunque le cueste sangre, aunque humanamente quisiera apartarla, esa hora es su GLORIA, para eso ha venido. 
La segunda palabra, es la palabra ELEVACIÓN. Aquí pensamos en la elevación al trono de un rey. Cristo Rey, es elevado a su trono que es la Cruz. Él había dicho: “cuando sea elevado en alto atraeré a todos hacia Mí”. Elevado en alto, en la Cruz. Los brazos abiertos para abrazarnos a todos y crucificados para no cerrarlos ni bajarlos nunca. Así está Jesús en su trono y en su gloria. Cristo el rey en la Cruz, reúne a todos los pueblo en su Reino.
La tercera palabra es la palabra “JUICIO”. El rey elevado a su trono de gloria en el sufrimiento de la Cruz, procede a celebrar un juicio. Va a juzgar a todos. Pero Jesús había dicho que el Padre ama tanto al mundo que manda a su Hijo para salvar al mundo. El Hijo no juzga a nadie sino que salva. El que no tiene fe, ya está juzgado. El que es juzgado es el príncipe de este mundo, está juzgado y condenado por el Rey del mundo. El demonio, el príncipe de este mundo. Juzgado es el mal del mundo. Con su pasión. muerte y resurrección, Jesús juzga y condena el pecado del mundo, y la muerte. Jesús vence al mal. Todos los males serán destruidos y se acabarán en el Reino de Dios.
No tengamos miedo al juicio. El Juicio de Cristo es nuestra liberación. Hay cristianos que viven su religión, como un peso. Otros la viven con culpa. Jesús no condena a nadie. Sólo se condena el que no tiene fe, es decir el que no acepta al Salvador que da su vida para salvarnos. La fe se muestra en las obras. Aparemos hoy, de nuestro corazón todas las obras del mal del mundo. Cada uno de nosotros tiene un pequeño mal al que adhiere en su corazón. Debemos descubrirlo y apartarlo en este juicio de la pasión gloriosa de Jesús. Terminemos esta cuaresma, antes de Semana Santa, con una buena confesión y reconciliación con Dos y con Jesús que nos espera con sus brazos abiertos y crucificados, para recibirnos en su Reino de Paz y de amor.

sábado, 21 de marzo de 2015

LA HORA DE GLORIA - Reflexiones para el Domingo de Pasion

Podríamos comenzar diciendo, que este Evangelio es la narración que hace San Juan de la Transfiguración de Jesús. Es distinta de la que hace San Marcos, pero también muy significativa. No hay aquí, montaña. ni tres discípulos íntimos, ni blancura de los vestidos, ni nube luminosa. Pero sí, hay unos paganos que quieren conocer a Jesús y la Voz que suena como un trueno para glorificar al Hijo. La gloria de Cristo, sólo se entiende en el contexto histórico que estamos viviendo. Es el Domingo de Pasión, nos preparamos y para celebrar la muerte y resurrección de Jesús en Semana Santa. Jesús pone su gloria en padecer y morir por nosotros y nos invita a que lo sigamos hasta el Calvario y después también. Pero nos promete que el Padre nos dará el premio.
Les pido que meditemos sobre tres palabras que pronuncia Jesús en este Evangelio y que son tres palabras que en realidad se vienen repitiendo y atraviesan todo el Evangelio de San Juan. La primera es LA “HORA”: ya en las Bodas de Caná, cuando María pide un milagro, Jesús dice “no ha llegado mi hora”. A menudo repite, “cuando llegue mi hora”… Y aquí finalmente dice “ha llegado la Hora de que el Hijo de Hombre sea glorificado”. ¿De qué hora y de qué gloria está´ hablando? De la hora de padecer y morir. Morir por nosotros, aunque le cueste sangre, aunque humanamente quisiera apartarla, esa hora es su GLORIA, para eso ha venido. 
La segunda palabra, es la palabra ELEVACIÓN. Aquí pensamos en la elevación al trono de un rey. Cristo Rey, es elevado a su trono que es la Cruz. Él había dicho: “cuando sea elevado en alto atraeré a todos hacia Mí”. Elevado en alto, en la Cruz. Los brazos abiertos para abrazarnos a todos y crucificados para no cerrarlos ni bajarlos nunca. Así está Jesús en su trono y en su gloria. Cristo el rey en la Cruz, reúne a todos los pueblo en su Reino.
La tercera palabra es la palabra “JUICIO”. El rey elevado a su trono de gloria en el sufrimiento de la Cruz, procede a celebrar un juicio. Va a juzgar a todos. Pero Jesús había dicho que el Padre ama tanto al mundo que manda a su Hijo para salvar al mundo. El Hijo no juzga a nadie sino que salva. El que no tiene fe, ya está juzgado. El que es juzgado es el príncipe de este mundo, está juzgado y condenado por el Rey del mundo. El demonio, el príncipe de este mundo. Juzgado es el mal del mundo. Con su pasión. muerte y resurrección, Jesús juzga y condena el pecado del mundo, y la muerte. Jesús vence al mal. Todos los males serán destruidos y se acabarán en el Reino de Dios.
No tengamos miedo al juicio. El Juicio de Cristo es nuestra liberación. Hay cristianos que viven su religión, como un peso. Otros la viven con culpa. Jesús no condena a nadie. Sólo se condena el que no tiene fe, es decir el que no acepta al Salvador que da su vida para salvarnos. La fe se muestra en las obras. Aparemos hoy, de nuestro corazón todas las obras del mal del mundo. Cada uno de nosotros tiene un pequeño mal al que adhiere en su corazón. Debemos descubrirlo y apartarlo en este juicio de la pasión gloriosa de Jesús. Terminemos esta cuaresma, antes de Semana Santa, con una buena confesión y reconciliación con Dos y con Jesús que nos espera con sus brazos abiertos y crucificados, para recibirnos en su Reino de Paz y de amor.

AÑO SANTO DE LA MISERICORDIA, CONVOCADO POR EL PAPA

Papa Francisco convoca histórico Jubileo extraordinario: Año Santo de la Misericordia

Por Alvaro de Juana

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Papa Francisco convoca histórico Jubileo extraordinario: Año Santo de la Misericordia
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VATICANO, 13 Mar. 15 / 12:30 pm (ACI/EWTN Noticias).- El Papa Francisco anunció este viernes 13 de marzo en la Basílica de San Pedro la celebración de un Jubileo de la Misericordia, un Año Santo extraordinario.
Este Jubileo comenzará con la apertura de la Puerta Santa en la Basílica Vaticana durante la Solemnidad de la Inmaculada Concepción el 8 de diciembre y concluirá el 20 de noviembre de 2016 con la solemnidad de Cristo Rey del Universo.
El Pontífice anunció el Año Santo así: “queridos hermanos y hermanas, he pensado a menudo en cómo la Iglesia puede poner más en evidencia su misión de ser testimonio de la misericordia. Es un camino que inicia con una conversión espiritual. Por esto he decidido convocar un Jubileo extraordinario que coloque en el centro la misericordia de Dios. Será un Año Santo de la Misericordia, Lo queremos vivir a la luz de la palabra del Señor: 'Seamos misericordiosos como el Padre'”.
“Estoy convencido de que toda la Iglesia podrá encontrar en este Jubileo la alegría de redescubrir y hacer fecunda la misericordia de Dios, con la cual todos somos llamados a dar consuelo a cada hombre y cada mujer de nuestro tiempo. Lo confiamos a partir de ahora a la Madre de la Misericordia para que dirija a nosotros su mirada y vele en nuestro camino”.
El anuncio, que coincide con el segundo aniversario de su elección como Sucesor de San Pedro, lo realizó el Santo Padre durante la homilía que pronunció en la celebración penitencial con la que dio inicio a la iniciativa “24 horas para el Señor”, alentada y a cargo del Pontificio Consejo para la promoción de la Nueva Evangelización.
La iniciativa ha sido acogida en todo el mundo con el fin de promover la apertura extraordinaria de las iglesias y favorecer la celebración del sacramento de la Reconciliación.
El Jubileo de la Misericordia busca resaltar además la importancia y la continuidad del Concilio Vaticano II, que concluyó hace 50 años.
La misericordia es uno de los temas más importantes en el pontificado del Papa Francisco quien ya como obispo escogió como lema propio “miserando atque eligendo”, que puede traducirse como “Lo miró con misericordia y lo eligió” o “Amándolo lo eligió”.
El desarrollo de este Año se hará notar en numerosos aspectos. Las lecturas para los domingos del tiempo ordinario serán tomadas del Evangelio de Lucas, conocido como “el evangelista de la misericordia”.
Este apelativo al evangelista que no conoció en persona a Cristo viene dado por ser el único que relata algunas de las parábolas más emblemáticas, como la del hijo pródigo, la del buen samaritano o la oveja perdida.
En el Domingo de la Divina Misericordia -fiesta instituida por San Juan Pablo II, que se celebra el domingo siguiente a la Pascua- se leerá y publicará la bula del Año Santo junto a la Puerta Santa de la Basílica de San Pedro. 
El rito inicial del Jubileo es la apertura de la Puerta Santa. Se trata de una puerta que se abre solamente durante el Año Santo, mientas el resto de años permanece sellada. Tienen una Puerta Santa las cuatro basílicas mayores de Roma: San Pedro, San Juan de Letrán, San Pablo Extramuros y Santa María Mayor.
El rito de la apertura expresa simbólicamente el concepto que, durante el tiempo jubilar, se ofrece a los fieles una “vía extraordinaria” hacia la salvación. Luego de la apertura de la Puerta Santa en la Basílica de San Pedro, serán abiertas sucesivamente las puertas de las otras basílicas mayores.
Los orígenes del Jubileo se remontan al judaísmo. Este Año santo se celebraba cada 50 años, y durante el mismo se debía restituir la igualdad a todos los hijos de Israel, ofreciendo nuevas posibilidades a las familias que habían perdido sus propiedades e incluso la libertad personal.
Por otro lado, a los ricos, el año jubilar les recordaba que llegaría el tiempo en el que los esclavos israelitas, llegados a ser nuevamente iguales a ellos, podrían reivindicar sus derechos.
La Iglesia inició la tradición del Año Santo con el Papa Bonifacio VIII, en el año
1300, quién previó la realización de un jubileo cada siglo.
Desde el año 1475 –para permitir a cada generación vivir al menos un Año Santo- el  jubileo ordinario comenzó a espaciarse cada 25 años.
Un jubileo extraordinario, como es el caso del que proclamará el Papa Francisco, en cambio, se proclama con ocasión de un acontecimiento de particular importancia.
Los Años Santos ordinarios celebrados hasta hoy han sido 26. El último fue el Jubileo del año 2000, proclamado por San Juan Pablo II.
La costumbre de proclamar Años Santos extraordinarios se remonta al siglo XVI. Los últimos de ellos, celebrados el siglo pasado, fueron el de 1933, proclamado por Pío XI con motivo del XIX centenario de la Redención, y el de 1983, proclamado por Juan Pablo II por los 1950 años de la Redención.
La Iglesia católica ha dado al jubileo hebreo un significado más espiritual que consiste en un perdón general, una indulgencia abierta a todos, y en la posibilidad de renovar la relación con Dios y con el prójimo. De este modo, el Año Santo es siempre una oportunidad para profundizar la fe y vivir con un compromiso renovado el testimonio cristiano.
Estos son los años jubilares con los respectivos Papas:
1300: Bonifacio VIII
1350: Clemente VI
1390: proclamado por Urbano VI, presidido por Bonifacio IX
1400: segundo jubileo de Bonifacio IX
1423: Martín V
1450: Nicolás V
1475: proclamado por Pablo II, presidido por Sixto IV
1500: Alejandro VI
1525: Clemente VII
1550: proclamado por Pablo III, presidido por Julio III
1575: Gregorio XIII
1600: Clemente VIII
1625: Urbano VIIIBOLLETTINO N. 0187 - 13.03.2015 16
1650: Inocencio X
1675: Clemente X
1700: Abierto por Inocencio XII, concluidopor Clemente XI
1725: Benedicto XIII
1750: Benedicto XIV
1775: proclamado por Clemente XIV, presidido por Pío VI
1825: León XII
1875: Pío IX
1900: León XIII
1925: Pío XI
1933: Pío XI
1950: Pío XII
1975: Pablo VI
1983: Juan Pablo II
2000: Juan Pablo II
2015: Francisco
En los años 1800 y 1850 no hubo Jubileo a causa de las circunstancias políticas de la época.

lunes, 16 de marzo de 2015

LA ALEGRIA DE SABER QUE DIOS NOS AMA (Reflexiones para el Cuarto Domingo de Cuaresma)


Tradicionalmente, antes de comenzar el tiempo de Pasión y la semana santa, nos tomamos un domingo para vivir la alegría de saber que hemos sido salvados por el amor de Dios. Ante todo debemos comprender que la alegría no se opone al dolor, sino a la tristeza. No se puede estar triste y alegre a la vez. Pero sí se puede estar alegre aun en medio del dolor. Jesús lo demuestra. Moisés elevó una serpiente como símbolo de curación para los que eran mordidos por el veneno. Del mismo modo Jesús al ser elevado en la Cruz, nos trae la salvación. Según Jesús el dolor es una elevación para el hombre de fe. Es un camino de purificación un camino hacia arriba, aunque no veamos por donde va el camino. Para San Juan de la Cruz, en la Subida al Monte Carmelo, a determinada altura, se terminan las sendas y dice “desde aquí no hay camino”, hay que subir como se pueda. Es la alegría, de sabernos hijos de Dios y que él vela por nosotros y nos conduce.
Lo que sigue en el Evangelio de San Juan, es una síntesis del Evangelio entero. Aunque se perdiera todo el Evangelio, si sólo quedaran estas palabras, sabríamos quien es Dios y qué hizo Jesús por nosotros y qué debemos hacer para salvarnos. Dice: “Dios amó tanto al mundo que le dio a su Hijo para salvarlo. Jesús no vino a condenar a nadie, sino a salvar al mundo. El que cree se salva. El que no cree ya está condenado. Dios no lo condena. Ya está condenado porque no acepta su salvador”.
Jesús solamente salva. No condena. Para condenar, no necesitaba haber nacido, predicado, haber hecho milagros y gestos salvadores, habernos dado su Cuerpo y haber muerto en la Cruz. Jesús muere por amor. No muere sacrificado por el Padre en un juicio de “justicia sustitutiva”. Como “chivo expiatorio”, que se ofrece a la Justicia eterna en reparación de la ofensa infinita. No es un tema de Justicia, sino de amor. “Tanto amó Dios al mundo”… Jesús muere por amor nuestro. “Entregó a su Hijo al mundo para que el mundo se salve”… La muerte de Jesús, el Hijo de Dios, es la medida del amor del Padre. Un amor infinito.
¿Pero entonces, nadie se condena? Lo que nosotros sabemos, porque lo dice Jesús, es que “el que se condena, es porque ha rechazado la fe. El que tiene fe no será condenado”. La condenación es rechazar al Salvador. ¿Hay peor condenación? San Pablo dice que la Gracia, salva por la fe, no por las obras. De la misma manera, el rechazo de Jesús, condena por falta de fe en el Salvador, no por las obras. El pecado que lleva a la muerte, es la falta de fe. Las obras sin fe, pero también la “fe sin obras”, como alguien que dijera que tiene fe, pero no la practica, o no ama.
Para entender bien esto, sin equivocarnos, hay que prestar atención a la causa de la condenación, que pone el Evangelio de San Juan explicándolo con la parábola de la luz y las tinieblas. La clave de la explicación está en verbo “PREFERIR”. Preferir, significa “anteponer” voluntariamente. Cualquier cosa que pongamos antes que el amor de Dios, es una OPCIÓN FUNDAMENTAL, de PREFERENCIA, QUE HACEMOS VOLUNTARIAMENTE PREFIERIÉNDOLA AL AMOR DE Dios. Los hombres “prefirieron las tinieblas a laluz, porque sus obras eran malas. El que ama el mal, rechaza la luz, y prefiere las tinieblas, para que su mal no sea visto. El hombre que no cree o el que “cree” sólo de palabra. Ama más las tinieblas y oculta sus obras, porque no ama a Jesús que murió por amor para salvarnos.